lunes, 16 de febrero de 2009

¿Por qué sacrificar a un Santo(s)?; Jimena Costa Benavides*

¿Por qué tanta eficiencia para procesar a Santos Ramírez?, ¿es por lavarle la cara al Gobierno frente a la corrupción interna? ¿Por qué castigar a un acusado y con indicios de corrupción y premiar a otro con la ratificación en el cargo? Muchas preguntas que todos nos hacemos los últimos días y que no han tenido respuesta.
Tal vez el problema se encuentra en que no formulamos la pregunta correcta, y ésta podría ser: ¿A quién incomoda más Santos Ramírez? Voy a intentar responder las cuatro preguntas en combo, no pensando en hipótesis y elucubraciones, sino analizando el contexto del no muy santo personaje y del Gobierno.
Santos Ramírez es un hombre que viene del MAS, del instrumento político; es uno de sus primeros parlamentarios y operador político junto a Evo Morales. Cobra importancia a partir del 2002 alrededor del debate sobre la Ley de Hidrocarburos y se constituye en el principal operador político del MAS en el Parlamento desde el 2005. Influyó siempre en el sector de hidrocarburos y muchas de las autoridades designadas en esa área eran sus hombres. Pero tenía llegada limitada a las decisiones del Poder Ejecutivo desde que el presidente Morales decidió rodearse de un conjunto de operadores políticos no masistas en el Palacio. Santos Ramírez perdió poder en el Gobierno, pero mantenía raíces en el “instrumento político”.
Los recién llegados al Gobierno, cargados de teorías, conceptos, nuevas filosofías, visiones, sueños, frustraciones y grandes intereses, deciden “tomar” el poder a nombre del “Presidente indígena”, mientras tejen redes con intereses extranjeros y operan con ONGistas para garantizar su presencia en el poder en el largo plazo.
Seducen al Presidente, lo loan, lo interpretan, lo “asesoran”, le dibujan la realidad, y éste, gradualmente, se distancia del MAS, pero no así de los cocaleros y de la base a la que visita en sus constantes viajes. La gente lo quiere a él, no a su entorno; el entorno sabe que sin Evo no son nada, no representan el cambio. Por tanto, para mantener el control hay que separar al Presidente del MAS, hay que aislarlo del “instrumento”. Eso sucedió de manera gradual y hoy el Presidente está más cerca de ese entorno que del MAS.
Los primeros días de gobierno salió la gente de confianza del Presidente, se puso en el congelador a los que estaban en el gabinete —Choquehuanca—, más tarde se deshicieron de Alex Contreras, pero Santos Ramírez seguía y seguía con poder en el MAS y en Hidrocarburos, al mismo tiempo que se deterioraba la imagen de los “ministros duros”. Si Santos Ramírez iba de candidato a la Vicepresidencia en diciembre, Álvaro García Linera, Juan Ramón Quintana, Alfredo Rada, etc., ya no tenían cabida en el Gobierno, porque esa decisión hubiera sido un retorno al “instrumento”, un retorno de Evo a su núcleo, donde ellos además son rechazados, donde se exige su destitución desde enero del 2008.
El caso O’connor D’arlach es una maravillosa oportunidad para quitar del camino al único hombre fuerte del MAS que quedaba en el Gobierno, para que Evo Morales mantenga una dependencia absoluta de su entorno; por eso, la premura. Santos Ramírez era el cordero a ser sacrificado para lavarle la cara al Gobierno de la corrupción estructural; pero, en realidad, la corrupción fue un pretexto para garantizar el control del “proceso de cambio” de quienes aterrizaron en el MAS con camiseta indígena recién el 2005.
*Jimena Costa B. es analista.
Articulo publicado en La Razón, el sábado 14 de febrero de 2009

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